Las «niñas de las monjas» y la cultura organizacional.

A principios de los años setenta cursaba 7º de EGB —creo que fuimos la primera promoción de este plan de estudios— y recuerdo vivamente un suceso que, aun con el paso de los años, no he podido olvidar.

Una de las personas que conformaban la clase —en aquella época eran muy numerosas, fruto de la generación del baby boom—, una de las compañeras, se levantó de su pupitre y, mirando al profesor —que también era nuestro tutor—, le dijo en tono firme:

Por favor, don Santiago (nombre del profesor/tutor), no se refiera más a nosotras como las niñas de las monjas. Somos Ana —la que hablaba—, Eva, Carmen, Rocío, etc. Y así hasta las nueve personas del grupo.

(Hay que recordar que en la España rural y pobre de los años 70 el único ascensor social que existía era una beca —más bien escasa— y la opción de integrarse en una residencia de monjas o de curas (seminarios). Y por cuestión de costes se debían cursar los estudios obligatorios en los institutos públicos de la zona. Con lo cual, las aulas en estas ocasiones eran agregados bastante diversos).

Ahora, con el paso del tiempo, esta intervención la valoro más por diversos motivos:

Valentía y autoestima: En esa época no eran comunes los ejercicios enfocados en la valentía o la autoestima. El ambiente cultural priorizaba la obediencia y el seguimiento de normas, y pasarían varias décadas antes de que se promovieran espacios que fomentaran una mayor autonomía e individualización entre el alumnado.

Romper etiquetas: Con el paso del tiempo, los niños pertenecientes a estos grupos acababan interiorizando que pertenecían (pertenecíamos) a un subgrupo (casi) marginal. Te lo recordaban los profesores y acababa siendo la idea preponderante en el aula.

Inteligencia: Como en el caso de la célebre anécdota que relataba el escritor norteamericano David Foster Wallace, donde unos peces jóvenes, al ser preguntados por un pez mayor «¿Qué tal está el agua?», se dan cuenta de que ni siquiera sabían que nadaban en ella; Ana, con una lucidez extraordinaria, supo identificar y denunciar lo tóxico de la cultura que nos envolvía, haciéndonos conscientes de un entorno que, como el agua para los peces, nos era invisible hasta ese momento.

¿Qué conclusiones puedo sacar ahora en 2025 de esta historia?

Hay muchas lecciones aprendidas, pero señalo aquellas que me parecen más evidentes en nuestra época.

En ocasiones, los cambios provienen de acciones individuales, los cuales (como sobradamente conocemos a lo largo de la historia) son los activadores de cambios posteriores.

Aplicado a la cultura organizacional, como muchas veces he escrito en este blog, nos recuerda que no debemos caer en la crítica fácil a las personas más heterodoxas, más inquietas y críticas que no se conforman con lo establecido. Es más, y aplicado a managers y a personas directivas (los profes del 73), han de cuidar a las personas que están en las periferias. Es una muy buena receta para que la organización sea más sana.

Descubrir y parar la autocensura.

Un amigo cercano me comentó recientemente que un familiar de la generación del baby boom —tiene hijos y cuatro nietos viviendo en Estados Unidos— ha limitado notablemente su capacidad para expresarse abiertamente en redes sobre ciertos temas sensibles a la vigilancia electrónica. (Puede tener dificultades para renovar el visado).

Considero que esto no es un caso aislado, ya que en muchas ocasiones tendemos a autolimitarnos y reducir nuestra expresión personal cuando percibimos algún tipo de riesgo o posible pérdida (y siempre las va a haber).

Y en esta época, creo que cada vez más. Ayer leía por primera vez la expresión chutzpah (palabra que mezcla audacia, descaro y valentía moral).

En tiempos donde la corrección política y el miedo al juicio paralizan la expresión, el caso de chutzpah que plantea Amal Ghandour nos recuerda el valor de decir lo que incomoda. No se trata tanto de provocar, sino de sostener una voz autónoma, crítica y ética cuando el silencio es más cómodo. Autocensurarse es renunciar a la posibilidad de transformar.

Ahora, 50 años después, Ana Simón ya era una gran chutzpah antes de inventarse la palabra.

Reivindiquémoslas, ya que, me temo, van a ser más necesarias que nunca.

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